EDADISMO… ¿VIEJOS O CLÁSICOS?

Hace unos días me encontré con este cartel publicitario en un pasillo del metro de Madrid, y aunque inicialmente iba a pasar de largo, el mensaje me pareció tan potente que no pude evitar dar media vuelta sobre mis pasos y pararme a fotografiarlo para ilustrar el post de hoy.

¿Qué significa ser un clásico?

Pues, como casi todo en la vida, yo diría que el término «clásico» admite diferentes connotaciones:

Podría entenderse que ser clásico equivale a ser alguien estático, apegado a la tradición, poco evolucionado y que muestra reticencias a aceptar el cambio.

Pero, por otra parte, también podría entenderse que ser un clásico es un plus que te eleva sobre el concepto de las modas, es decir, que tu personalidad lleva implícitos unos valores y competencias que revisten aceptación universal y que tienen la virtud de no decaer con el paso del tiempo, perdurando inalteradamente y haciendo que su valor sea creciente y atemporal.

Personalmente, a mí el término clásico me evoca mucho más la segunda acepción que la primera. Además, yo añadiría que la dificultad de ser un clásico precisamente radica en la capacidad de evolucionar y de adaptarte sin por ello perder la esencia que marca tu identidad y, sobre todo, sin caer en el error de recabar la aceptación fácil subiéndote a la noria de las modas.

¿Por qué el talento senior se concibe como algo devaluado en lugar de como un clásico?

La respuesta a esta pregunta es algo que personalmente no termino de encajar. Honestamente, creo que estamos ante un fenómeno de arrinconamiento sustentado principalmente en el prejuicio, sin perjuicio de que puedan tener cabida algunas matizaciones que más adelante trasladaré.

Si tenemos en cuenta que una evolución profesional requiere asumir retos parece evidente que un profesional que quiera tener una carrera dinámica y crecer deba cambiar de puesto, o incluso cambiar de empresa, cada cierto tiempo. Los expertos en la materia incluso se aventuran a indicar que el ciclo hasta alcanzar el techo de la cota de desarrollo que una posición estática puede ofrecerte se fija en un plazo de unos tres o cuatro años.

Siendo así, parece del todo ilógico que se cuestione la potencial productividad, evolución de carrera y «vida útil» que un profesional de 50 años de edad tiene por delante y que, sin duda, excede la duración de esos tres o cuatro años de recorrido teórico que un puesto puede ofrecer a quien lo desempeña.

A su vez, opino que tampoco tiene sustento empírico alguno que un profesional de 50 años no sea capaz de adaptarse a un entorno cambiante, o de transmitir su bagaje a un equipo multidisciplinar e intergeneracional.

En esto, no me queda otra que hablar en primera persona sobre mi experiencia. Tras once años en una Compañía, y con 46 años de edad cumplidos llegó mi momento de salir afuera para poder afrontar sucesivamente nuevos retos.

Puedo decir que mi crecimiento profesional ha dependido en gran manera de haber tenido el coraje de adoptar esa decisión en ese momento de mi vida en el que ya superaba la, supuestamente, «edad maldita» y de asumir el riesgo de cambiar, apostando por el crecimiento y el aprendizaje en lugar de por la comodidad que a todos nos aporta el entorno conocido.

Igualmente, debo decir que una de las cosas que me resultan más gratificantes de mi trayectoria profesional es una constante que se ha producido cada vez que he concluido una etapa, y es la valoración positiva que el equipo que me ha acompañado ha hecho de lo que ha aprendido trabajando conmigo y de mi capacidad de compartir con ellos el conocimiento que, con los años de formación y experiencia, he ido adquiriendo.

Si deseas contratar experiencia… necesariamente has de contratar edad

Pese a la evidencia lógica que encierra este precepto, resulta inaudito que esta realidad no se asuma y que, a consecuencia de ello, nos estemos enfrentando a tiempos duros en los que la discriminación por edad para acceder al mercado de trabajo está a la orden del día.

A su vez, esta cruda realidad discriminatoria que azota al profesional senior se conforma como una gran paradoja sociolaboral y económica dada la necesidad de extender la vida laboral y de posponer la edad de jubilación ante la mejora, afortunadamente por otro lado, de la esperanza de vida y ante la falta de sostenibilidad futura de nuestros sistemas públicos de previsión social.

Creo que estamos por tanto ante un verdadero nudo gordiano toda vez que arrinconamos un recurso valioso, y de cuya empleabilidad depende en gran medida la sostenibilidad socioeconómica del país, sin darnos ni siquiera la oportunidad de descubrir si en lugar de «ante un viejo» estamos «ante un clásico«.

Pero también, y sin perjuicio de que empatice plenamente con la desesperación del que busca sin encontrar y con el drama de quien se siente injustamente atrapado por un prejuicio que le obliga a ver el partido desde el banquillo, hay que reconocer que las actitudes de agresividad, ira verbal, y victimismo expresadas ante esta realidad por parte de algunos damnificados mucho me temo que tampoco van a ayudar a que esta situación revierta. Dicho sea desde mi más absoluta comprensión y respeto: No podemos afrontar una búsqueda de trabajo pidiendo perdón por la edad que tenemos o autoetiquetándonos como discriminados en nuestros perfiles.

Y traslado esta reflexión porque presiento que por parte del profesional senior se pueda estar experimentando el mismo efecto perverso que sufre quien, preso de la desesperación, «busca trabajo de lo que sea», autodevaluándose con ello y , por ende, alejándose de la vía para resolver el problema, que no es otra que continuar luchando por poner en valor su talento haciendo ver al mercado que

los grandes clásicos no envejecen

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Las opiniones, comentarios y contenidos que, como autora, publico en este blog son absolutamente personales, y por tanto no las emito en representación de ninguna de las empresas con las que en el pasado o en la actualidad mantengo vinculación laboral. 

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Una respuesta a EDADISMO… ¿VIEJOS O CLÁSICOS?

  1. Miguel Ángel Salcedo Arcos dijo:

    No puedo estar más de acuerdo contigo. Mi situación actual puedo llegar a considerarla como el inicio del tránsito entre lo que podríamos entender como actual y lo clásico. Tengo 44 años estoy terminando el grado de relaciones laborales y RR.HH, y llevo casi 23 años en una empresa, donde desarrollo funciones de puesto de trabajo cualificado que no tienen nada que ver con el grado estudiado. Y sí, que es cierto que pones todas las fichas encima de la mesa y valoras los pros y los contras de, seguir en la zona de confort o la posibilidad de dar un salto al vacío con todo lo que eso conlleva para explorar nuevos horizontes con el Grado académico estudiado. En fin, te planteas nuevos escenarios y ciertamente si tu grado de aventura no es muy alto y pones en riesgo tú economía familiar, se queda todo en ilusiones que difícilmente llegas a materializar, bien por falta de confianza o bien por no tener el perfil de aventurero o finalmente porque tu coste de oportunidad es ciertamente altísimo a la hora de tomar la decisión.

    Un saludo.

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