SOY UN HOMBRE A QUIEN LA SUERTE…

No era mi intención dedicar hoy un post al incidente acontecido este fin de semana en Madrid durante el desfile de la fiesta nacional, pero la experiencia es tan ilustrativa para tantos temas proyectables al ámbito profesional que finalmente no he podido resistirme a hacerlo.

¿Qué fue lo que pasó?

La verdad es que pese a haber trabajado dos años en el sector aeronáutico los escasísimos conocimientos de aerodinámica que, por ósmosis, pudiera haber adquirido no son, ni de lejos, suficientes como para poder determinar si el origen del accidente fue un mal cálculo, una racha inesperada de viento, o una mala elección del emplazamiento donde llevar a cabo el aterrizaje.

Pero dicho esto, es igualmente cierto es que me importa bastante poco cuál fue la causa del problema, ya que lo verdaderamente relevante para mí es la espiral de reacción suscitada en torno a lo sucedido.

Y es que el sábado se desplegó, cual abanderado paracaídas, un abanico de actitudes dispares hacia el cabo primero Pozo abarcando desde el apoyo, el compañerismo y la empatía hasta la despiadada e hiriente crítica en redes sociales, esta última por parte de quienes, deduzco, nunca cometieron un error en su vida ni sufrieron que, en un traspiés, la suerte les hiriera con zarpa de fiera.

Así es. Hay quien supedita el juicio de valor de un vuelo de mil quinientos metros a lo acontecido en los últimos diez metros. Todo ello no deja de ser muy alegórico a lo que muchas veces nos sucede durante el devenir de nuestra carrera profesional.

Estamos, por tanto, ante un ejemplo fantástico para ilustrar lo que yo definiría como un debate clásico y que frecuentemente se suscita en el ámbito de la gestión de personas, sobre todo al evaluar desempeño y al diseñar sistemas de compensación: ¿Qué queremos premiar, logro o esfuerzo?.

En ocasiones la diatriba se resuelve sola, porque en cierto modo tendemos a pensar que existe una correlación natural entre el esfuerzo sostenido y el éxito que se supone a consecuencia de ello se consigue pero ¿y cuando esto no sucede?

Mucho se habla de la sociedad de la información, de la interconexión digital y de sus bondades, ¡que sin lugar a dudas son muchas!. Sin embargo, creo que un efecto colateral claro de esta «sociedad evolucionada» es que cada vez más a menudo nos regimos por la inmediatez y a consecuencia de ello aspiramos al logro rápido, me refiero a ese que nos vendrá caído del cielo y sin farolas que obstaculicen nuestra imparable trayectoria.

En cierto modo podría decirse que tendemos a potenciar la cultura del éxito y que muchas veces lo llegamos a hacer incluso en detrimento de la cultura del esfuerzo.

Otro de los perniciosos efectos de la hiperconectividad es la magnificación de todo, tanto para lo bueno como para lo malo. Y de ahí pasamos a la necesidad de administrar la presión mediática y el efecto amplificador que todas nuestras acciones potencialmente pueden llegar a alcanzar sin que podamos luego fácilmente controlar ese tsunami.

Es por ello obligado también reflexionar si, como sociedad, no estaremos cometiendo el error de arrogarnos el poder de fabricar héroes o villanos a golpe de juicio de opinión en las redes sociales. Y lo traigo a la palestra porque creo que lamentablemente hemos tenido una buena exhibición de este fenómeno también desde el pasado sábado hasta ahora… ¡Y lo que aún nos quedará por ver!.

Recapitulando lo expuesto y volviendo al caso que nos ocupa. ¿Qué sería lo correcto?. ¿Nos quedamos con el resultado fallido? o valoramos el esfuerzo, la templanza, las horas de entrenamiento que le ha llevado al profesional a lograr subirse a un avión, lanzarse al vacío y aterrizar con un margen de desviación de, ¿cuánto puede ser? ¿de un metro? respecto del objetivo prefijado. En mi opinión medir la trayectoria profesional por un hecho aislado es un planteamiento injusto y sesgado.

Afortunadamente creo que esta vez lo que mayoritariamente pudo apreciarse fue una reacción de empatía, compañerismo y comprensión, acompañada del ejercicio de un liderazgo responsable por parte de quien supo ver que el perfeccionismo y el pundonor del propio profesional era lo que más le estaba estigmatizando ante su mediático fallo. Ante un profesional abatido y frustrado por este motivo ¿Qué más cabría añadir aparte del apoyo anímico y moral?

Dicho esto, creo que no deja de ser un interesante elemento para la reflexión que esa empatía se haya producido justamente en un entorno profesional castrense en el cual, ya sea por prejuicio o por cuestión de imagen, normalmente solemos identificar que el estilo de liderazgo imperante es jerárquico, sustentado en la disciplina y con escasa tolerancia al error.

Estamos por tanto, en mi opinión, ante una buena lección de liderazgo para recordar a futuro cuando encaremos el fallo cometido por alguien de nuestro equipo o por nosotros mismos, ya que el aprendizaje, mal que nos pese, se sustenta en el error y en su empeño de superación.


https://twitter.com/EjercitoTierra/status/1182982130449747968?ref_src=twsrc%5Etfw%7Ctwcamp%5Etweetembed%7Ctwterm%5E1182982130449747968&ref_url=https%3A%2F%2Fwww.20minutos.es%2Fnoticia%2F3798729%2F0%2Fluis-fernando-pozo-paracaidista-protagonizado-desfile-12o%2F

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