CUANDO ABANDONAR NO ES COSA DE DÉBILES

 

Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a la idea de escribir este post, pero su tema no es nada sencillo de tratar, como tampoco lo es hablar abiertamente de las experiencias vividas en primera persona.

Últimamente es muy frecuente encontrar en la red contenidos de aire motivador en los que se aborda la importancia de crecerse ante la adversidad y de seguir luchando haciendo gala de la resiliencia. Sin embargo, no resulta tan frecuente, probablemente porque obedece a un enfoque menos atractivo, triunfalista y popular, encontrar contenidos sobre cómo reconocer el momento en el que uno debe decidir abandonar o sobre cómo afrontar las  situaciones en las que insistir y mantenerse vinculado a algo que no funciona se convierte en un handicap más que una oportunidad de crecimiento.

En el ámbito personal, creo que la adopción de la triste decisión de abandonar es algo que todos más o menos tenemos asumido: ¿quién no ha experimentado la difícil decisión de tener que apartar a alguien querido de su vida?. Los elementos que operan tras este tipo de decisiones suelen ser el amor propio, la dignidad, la pérdida de la capacidad de creer en el otro, la frustración ante la no confluencia de objetivos, la falta de corresponsabilidad, y la certeza de que esa realidad no cambiará por mucho empeño que pongas en ello.

No es la primera vez que expongo la idea de que estas mismas sensaciones son las que todos somos susceptibles de albergar en el ámbito laboral, pero, es curioso cómo en el ámbito profesional no siempre la determinación de abandonar se valora con naturalidad como una opción.

Soy consciente de que la dependencia económica de nuestro salario para sufragar nuestros gastos tiene mucho que ver en ello pero, también, creo que la opción de abandonar no se aborda por temor a que se asocie a una actitud de cobardía o de debilidad por parte de quien decide tirar la toalla cuando, en realidad, ante determinadas situaciones, creo que abandonar es un gesto de coherencia y valentía.

 

La lechuga del sandwich

 

Hacerte a diario la reflexión de si estas dispuesto a darlo todo en tu trabajo es una tarea obligada, pero todavía lo es más si estás al frente de un equipo.

He experimentado en el pasado lo que supone estar bajo el mando de quien perdió la motivación y la fe en el proyecto años atrás y que, a pesar de ello, se mantiene anclado a la silla sin implicación ni compromiso, por eso, puedo afirmar que los efectos que esta actitud sostenida irradia sobre el resto del equipo son absolutamente demoledores.

Por muy inverosímil que parezca, esta realidad, aunque tras la crisis sea cada vez menos frecuente, todavía persiste y se tolera en determinados perfiles de Organización.

Si además reúnes la condición de ser una persona implicada profesionalmente  que necesita ver un sentido a su trabajo, convivir con un esquema de “supervisión a la deriva” como el descrito, te somete a una insoportable lucha interna. Así, al afrontar cada situación cotidiana te debates entre la obligación moral de implicarte, tirando del carro sin reparar en dónde quedan las lindes de tu responsabilidad y asumiendo el liderazgo que corresponde al mando “presente en cuerpo y ausente en alma”, y la tentación de dejar que el castillo de naipes de desmorone para que la realidad salga a la luz.

La situación se complica aún más cuando eres un mando intermedio y te echas la responsabilidad íntegramente a tu espalda, emulando a Atlas sosteniendo el mundo sobre sus hombros,  y asumiendo además que las carencias motivacionales que sientes a raíz de la convivencia con esta realidad no puedes permitir que se extiendan a tu equipo, ya que, de algún modo, significaría reproducir el esquema y hacerles pasar a ellos por lo mismo que tu vienes paciendo.

En términos coloquiales, tu sentimiento en esas circunstancias es el de ser “la lechuga del sandwich”: presionada por los efectos colaterales de la falta de implicación de la rebanada de pan superior, y viéndote abocado a asumir su función y a servirle de soporte, a la vez que intentas por todos los medios amortiguar que ese efecto de presión se proyecte sobre la rebanada de pan inferior.

Sentir cansancio y desmotivación es perfectamente lícito, humano, y puede ser hasta entendible pero,  si no estás dispuesto a ESTAR (con mayúsculas) en un proyecto, en mi opinión, adoptar la actitud de arrastrar los pies no puede ser una opción. Creo que, si ese es tu caso, lo procedente es hacer un ejercicio de honestidad contigo mismo y con el equipo, abandonando el carril izquierdo y pasándote al derecho para, de este modo, permitir que alguien que esté dispuesto a creer, a implicarse y a dejarse la piel todos los días en el proyecto te tome el relevo.

Por circunstancias de la vida profesional, además de haber experimentado la situación de la que acabo de hablar, con posterioridad e igualmente en primera persona, me ha tocado también vivir la otra cara de la moneda. Me surgió la oportunidad de incorporarme a un proyecto con el que no conseguí conectar al cien por cien y en el que tenía igualmente un equipo a mi cargo.

No se trata de analizar ahora las razones por las que esa conexión no se produjo, ni es el momento de buscar justificaciones. Tampoco se trata de valorar qué enfoque era el acertado y cuál no lo era, simplemente diré que no compartí la visión ni me sentí capaz de integrarme en esa cultura. El enfoque personal y mi manera de entender la función que me correspondía desempeñar no era coincidente con el de la Organización. La diferencia de enfoque era tan abismal que, pasado un tiempo prudencial de aclimatación, llegué a la conclusión clara de que no cabía esperar que la situación fuese a ser diferente en el futuro.

Pese a que en ese momento mi motivación cayó en picado, y a pesar de duro que fue enfrentarme todas las mañanas mientras conducía de casa al trabajo a la reflexión personal sobre el futuro y sobre el sentido de hacer ese trayecto, por responsabilidad y respeto hacia el equipo, y probablemente influida por la experiencia precedente vivida, hice un esfuerzo ingente por conseguir que ni mi desempeño ni mi implicación decayeran.

Ahora bien, pienso que, lo mismo que no puedes plantearle la opción de ser amigos a alguien a quien no quieres pero que sabes que te ama, por mi parte no hubiese sido honesto haberme mantenido en el carril izquierdo en esas circunstancias.

Así que, en un ejercicio de coherencia, y puede que de valentía, me desplacé al carril derecho para ceder el puesto a alguien que, a diferencia de lo que a mi me sucedió, fuese capaz de sentir ese proyecto y de hacerlo suyo. Y esa decisión la tomé porque fui plenamente consciente de que ni yo merecía mantenerme en algo que no deseaba ni mi equipo merecía estar dirigido por alguien que no estuviera plenamente enganchado y alineado con ese proyecto.  

No se puede liderar un equipo emulando a San Manuel bueno mártir 

 

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Las opiniones, comentarios y contenidos que, como autora, publico en este blog son absolutamente personales, y por tanto no las emito en representación de ninguna de las empresas con las que en el pasado o en la actualidad mantengo vinculación laboral. 

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9 respuestas a CUANDO ABANDONAR NO ES COSA DE DÉBILES

  1. Mayte M A dijo:

    Totalmente de acuerdo, hermana. No se puede trabajar en algo sin una implicación que esté basada en la coherencia personal. Trabajar siguiendo normas o líneas de actuación que no compartes es posible pero a la larga se crea una distancia entre lo que haces y lo que piensas tal, que es insostenible por muy profesional que uno sea.

    • Eva Martínez Amenedo dijo:

      No puedes ir contra ti mismo.Si llegas a la convicción de que no es tu sitio pienso que lo correcto es buscar un cambio de entorno, pero eso no te legitima a dejar de estar al pie del cañón hasta el último momento, por muy complicado que se te haga. No es justo ni justificable que el equipo pague el precio de tu desmotivación. Un beso hermana.

  2. jegarch dijo:

    Gracias por esta reflexión. Son decisiones difíciles de tomar, pero hay que saber leer el momento y actuar.
    Un saludo
    Jesús Mari

    • Eva Martínez Amenedo dijo:

      Esa es la idea Jesús Mari. A mi me sorprendió que cuando tomé la decisión algunos compañeros me elogiaran la lección de coherencia que según ellos les estaba dando, creo que es evidente que aferrarse al más vale lo malo conocido no debería ser el enfoque, sobre todo en gente muy joven y que tiene muchos años de vida profesional por delante.

  3. Maria A López dijo:

    Buenas noches Eva, excelente artículo y te digo que es como la experiencia que me paso a mi la semana pasada por diferentes circunstancias tuve que tomar esa decisión después de labora casi 17 años en ese lugar. Es difícil pero se llega el momento en que tienes que analizar que es lo mejor para uno. Gracias

    • Eva Martínez Amenedo dijo:

      Gracias por tu comentario. No siempre la decisión es fácil pero siempre es necesaria. Otro tema importante es el manejo de los tiempos y las esperas, no siempre la posibilidad del cambio viene con la inmediatez que nos gustaría pero eso no justifica dejar de estar al cien por cien implicado en el desempeño diario, ya que detrás de ti hay un equipo al que te debes.

  4. aperezper dijo:

    Yo también me he visto reflejado y, a diferencia vuestra, aún tengo que tomar la decisión y la reflexión (las reflexiones) seguro que me van a ayudar, gracias.

    • Eva Martínez Amenedo dijo:

      Gracias a ti por tu comentario. Suerte con el proceso. Si me permites un consejo te diré que si el tiempo de atasco en el coche o el que pasas en el transporte para ir al trabajo lo empleas en preguntarte el sentido de ir allí cada mañana y frecuentemente no encuentras respuesta a esa pregunta a lo mejor es el momento. Yo pasé ese proceso mañana tras mañana durante un año y cada vez me costaba más encontrar la motivación para bajarme del coche al llegar a la oficina.

  5. Rosario Paredes Quesada dijo:

    Muy buena reflexión, comparto tu punto de vista. Por mis experiencia laboral, he tenido clientes que han “aguantado” lo indecible, y al final no han terminado bien psicológicamente hablando, cuadro depresivo, ideas autolíticas…
    Muchas veces es mas valiente el que se va de un sitio conocido en el que no se encuentra bien, saliendo de su zona de confort y adentrándose en lo desconocido
    Bonito artículo.
    Un saludo

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