¿QUÉ VENDES Y QUÉ PROYECTAS?. MANEL Vs SALVADOR

Imagen por cortesía de:  Roger Dewayne Barkley, EuroVisionary   https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/

 

A una semana vista… ¡no temáis!, os garantizo que no voy a ponerme ahora a hablar del gallo Eurovisivo, ¿o debería decir mejor del gallo Twittero?.

Bueno, sea uno o sea otro el adjetivo atribuible a ese desatino, lo cierto es que no es mi intención focalizarme en rememorar ese desafortunado accidente vocal, sino en compartir algunas reflexiones sobre los factores que, a mi juicio, pudieron  contribuir a la génesis de ese gallo.

¿Qué presenciamos el pasado sábado?

 

Pues yo diría que fue un despliegue de actitudes y una demostración práctica de mecanismos de afrontamiento ante un mismo reto. Y también diría que todas estas actitudes y mecanismos, con  la ayuda de un poco de abstracción, son perfectamente replicables y reconocibles a diario en el ámbito profesional en el que todos nos desenvolvemos.

Si tuviese que identificar los extremos de este “festival de actitudes” yo diría que encontramos por un lado a nuestro representante español, y por el otro, en sus antípodas, al representante portugués. Uno ganó y otro perdió, ya lo sabemos, pero creo que eso no es lo más importante. Por mi parte, voy a intentar transmitir en este post qué fue lo que yo vi y qué sensaciones me dejaron ambos.

Manel

Manel saltó al escenario sabiendo de sobra, que aquél traje le venía grande, lo cual no significa que su ego aceptase esa incómoda realidad. Manel era plenamente consciente de que, muy probablemente, su mayor problema no radicaba tanto en la inadecuada talla del traje que le encalomaron como en la hechura del mismo, una hechura que no se adaptaba a él y en la que él mismo no se sentía en absoluto cómodo.

Manel no mostraba su verdadera esencia, era un producto enlatado, un representante no respaldado ni aceptado por sus representados. Experimentó en carnes propias lo que yo definiría como un Efecto Pigmalión a la inversa.

Manel no cantaba, se podría decir, como mucho, que actuaba representando un papel musical. Él era consciente de ser un producto de pura factura marketiniana, diseñado “ad hoc” e ideado para satisfacer aquello que, en la cabeza de alguien, se concibió como lo que el público deseaba escuchar.

Una vez, en una formación sobre técnicas de venta, el formador nos dijo algo que no puedo evitar recordar precisamente en este momento: Tenemos todos interiorizado que el éxito en la relación con el prójimo se garantiza poniendo en práctica la máxima “Trata a los demás como a ti te gustaría que te trataran”.

Bien pues, tal y como aquél formador nos hizo ver, la verdad es que este axioma no puede estar más errado, puesto que cada persona es un mundo y, de ello, deriva la inexistencia de una única manera de tratar universalmente aceptada como “la adecuada”. Así que, el planteamiento correcto en realidad debería ser: “Trata a los demás como a ellos les gusta que les traten” y, por tanto, el gran reto consiste en averiguar qué es lo que le gusta al otro.

La canción de Manel, en mi opinión, adolecía de la arrogancia necesaria para autocreerse merecedora del agrado generalizado del público, pero ¿Alguien pensó realmente si el público deseaba escuchar lo que esa cabeza pensante diseñó para él?

Manel sabía que su producto no era su yo, y sabía que la imagen que proyectaba no era fiel a sus raíces, ni siquiera probablemente era la adecuada para desempeñar la misión encomedada: representar a tu país, tus orígenes, tu cultura, y ser su embajador de marca. ¿O acaso alguien en España se ve representado y se identifica con la camisa hawaiana, el rizo Bisbalero y el adolescente surfeo pachanguero?. Manel quería ganar él el festival en lugar de trabajar para conseguir que lo ganara España.

La conclusión, bajo mi punto de vista, es muy evidente: Uno no puede ser fiel a si mismo cuando siente que sus orígenes y su esencia tienen que camuflase, o lo que es lo mismo, cuando como carta de presentación eliges expresarte en una lengua extranjera y adoptar una apariencia californiana pensando que, de esa manera, estás tomando un atajo hacia el éxito.

Aquél escenario, pleno de colores y efectos visuales, estaba vacío, hueco, frío, sin alma, sin alegría, sin coordinación pese al machacón ritmo adolescente de la canción, era en realidad una tabla de surf a la deriva.

¿El origen de todos los males?, un profesional vendiéndose como lo que no era, un profesional que no creía en lo que hacía, que no entendía ni compartía la visión ni la misión, que no le ponía pasión ni convencimiento a su desempeño, y que suplía su inseguridad con una pretendida actitud de confianza desmedida que hacía aguas por todos lados. El lenguaje no verbal, la rigidez corporal y el tan traído y llevado gallo se encargaron de, como en el juego de la oca,  hacerle volver a la casilla de salida.

Imagen por cortesía de:  Roger Dewayne Barkley, EuroVisionary   https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/

Salvador

En el otro extremo encontramos a Salvador. Nunca un nombre propio estuvo tan bien elegido. Era un muchacho con aspecto de absoluta fragilidad, retraído, desgarbado, con el pelo desaliñado, y una austeridad absoluta en su negra imagen monocromática.

A este muchacho la chaqueta, ¡que no el traje!, si que literalmente le venía grande, sin embargo,  su mirada y actitud transmitían aplomo, seguridad y calma. Estaba en paz consigo mismo. Yo incluso diría que Salvador evidenciaba una sorprendente indiferencia hacia la cámara, y que cantaba en un aparente estado de pseudotrance sin importarle en absoluto lo tremendamente peculiares que resultaran sus gesticulaciones durante la actuación.

Salvador Sobral, simplemente… ¡Era Portugal!, la viva imagen de la saudade, toda su persona destilaba melancolía.

En su actuación transmitía la modestia del eterno aspirante que concurre a la convocatoria año tras año sin obtener el éxito pero también la grandeza de quien continúa en la lucha sin rendirse. Se percibía que no buscaba alcanzar un éxito para mayor gloria personal, sino para darle a Portugal la victoria en el festival.

Salvador era profundidad, era valentía, era pura esencia. Su actuación yo la definiría como un sacar pecho por tus notas de identidad, enorgullecerte de ellas y transmitirlas sin enmascaramiento alguno. Salvador se desenvolvía en el escenario, a pesar de su apariencia tímida, con la seguridad de a quien la opinión ajena le preocupa lo justo.

La canción de Salvador no estaba compuesta pensando en agradar a nadie, sino como cauce natural de salida de un sentimiento, era un llanto, una delicada expresión emocional, una explosión de su alma. Personalmente, yo no podría imaginar esa canción cantada en un idioma distinto al portugués.

Aquel escenario tenebroso, con unos árboles fantasmagóricos de fondo y apagadas las luces tras los excesos precedentes, estaba lleno, era pura calidez, y cualquier efecto visual hubiera resultado molesto porque la atención estaba al cien por cien centrada en la música y en los sentimientos que de esa melodía y esa voz se desprendían.

Dos maneras de entender la misión:

Manel vs Salvador

Por todo lo que antecede, podría decirse que acabamos de presenciar dos actitudes dispares afrontando una misma situación.

Personalmente creo que el primer ejemplo se centra en el ansia de ganar a título personal sin importarle tener que tomar atajos que le hagan perder su identidad durante el camino.

Sin embargo, el segundo ejemplo, denota una verdadera pasión por lo que hace, yo me atrevería incluso a decir que, en su caso, alcanzar el éxito resultaba algo accesorio, porque su prioridad era disfrutar del camino y recorrerlo mostrándose a si mismo sin artificios y sin ambages.

Estas dos actitudes creo que no me equivoco al afirmar que no son muy lejanas a nuestro entorno cotidiano, y que podemos reconocerlas y observarlas a diario en nuestros ecosistemas laborales, en las intervenciones en redes sociales, en la manera de afrontar la búsqueda de empleo y los desafíos, así como también en la manera en la que proyectamos nuestra profesionalidad y forjamos nuestra marca personal …

Mi consejo es que siempre, en tu interacción profesional y personal con los demás, trates de identificar si tienes delante a un Manel o a un Salvador para, en vista de lo que halles, actuar en consecuencia. Y ya de paso, a lo mejor deberías plantearte también cuál de estas dos actitudes es la que debes adoptar de cara a afrontar los retos porque de esa decisión,  sin duda, dependerá que obtengas el éxito o que, en su lugar, se te escape un sonoro gallo.

¡Obrigada!

 

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Una respuesta a ¿QUÉ VENDES Y QUÉ PROYECTAS?. MANEL Vs SALVADOR

  1. Mayte Martínez dijo:

    Fantástico, hermana.

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