ESTIMADO SEÑOR KORWIN-MIKKE

Imagen por cortesía de Skitterphoto/Pixabay (Public Domain)

 

Estimado Señor Korwin-Mikke:

Debo indicarle, antes de que usted dedique su preciado tiempo a leer esta carta que hoy le escribo, que soy una mujer, con todas las consecuencias que de ello derivan.

Quiero con esto decir que no se si, a su juicio, yo soy lo suficientemente inteligente como para arrogarme la atribución de dirigirle a usted esta carta, pero, dado que vivimos en un mundo que dentro de unos días celebra el día internacional de la mujer, pienso humildemente que habrá quien pueda estar interesado en leerla, así que, con su permiso, voy a publicarla.

Nunca me han gustado las comparativas, ni suelo entrar a ellas, así que, si me permite, no trataré de convencerle ni a usted, ni a otros tantos que opinan que ser mujer es condicionante y justificación suficiente para romper la equidad y el axioma de: A igual desempeño, igual salario.

En su lugar,  simplemente voy a comentarle, a título informativo, cuáles son los pasos que he tenido que seguir a lo largo de mi vida profesional hasta llegar al punto en el que hoy me hallo. 

Allá por los años 80, tras terminar mi formación básica, decidí estudiar una carrera universitaria, concretamente, elegí estudiar Ciencias Económicas. Ya por aquellos años empecé a tomar contacto con una realidad con la que luego a todas las mujeres nos ha tocado lidiar en mayor o menor medida y asimilarla como parte del paisaje que nos rodea. Le haré un breve apunte para que vea mejor a qué me refiero:

Recuerdo durante aquella etapa cómo un ponente experimentado, que vino a darnos una master class, antes de empezar hacía mención a cuánto se alegraba de que en el auditorio hubiera muchas chicas, porque eso era síntoma de que la economía española a futuro estaría muy bien cuidada y en manos de mujeres.

Agradecí entonces la deferencia, y la cortesía del ponente, pero no por ello dejó de sorprenderme el comentario, ya que si en un auditorio no es significativo que haya más personas con ojos claros, o con cabello rubio, o rizado, no entendí bien por qué para aquél ponente era tan significativo que allí estuviésemos tantas estudiantes

Después de la universidad vino la formación de posgrado, en la que tuve que convivir con un profesor que solía tener la costumbre de únicamente sacar a la pizarra “a las chicas” para, de este modo, sostener una tesis muy peculiar, que abiertamente exponía y que arrancaba las carcajadas de los compañeros masculinos de clase: las mujeres no son capaces de pensar y respirar a la vez. ¡A ver!….¡Tú! ¡Aguanta la respiración y responde a mi pregunta!.

Tras esa fase vino la búsqueda de empleo, en tiempos en los que preguntarte si tenías novio o si pensabas casarte y tener hijos pronto era lo más normal del mundo al ir a una entrevista de trabajo. Si, si, y lo digo especialmente pensando en las nuevas generaciones que hoy leerán esto porque, aunque se que estas prácticas tristemente aún existen, os aseguro que en los años 90 no había conciencia alguna de que ese tipo de preguntas fueran inadmisibles.

Recuerdo perfectamente los agobios vividos en los momentos previos a la entrevista, pensando en cómo responder a esa temida pregunta, sintiéndome culpable y con la sensación de que mi deseo de ser madre algún día era algo que yo tenía que ocultar a toda costa si es que quería trabajar.

Imagen por cortesía de: Frankbeckerde/Pixabay (Public Domain)

Después vinieron los sucesivos trabajos, y también esta etapa me deja algunas “perlas” que traer a colación:

Como por ejemplo la pregunta abierta de ¿Estás embarazada? que alguien a bocajarro me hizo antes de notificarme que había superado el período de prueba.

O como aguantar todo el embarazo de alta y trabajando sin coger una baja y, estando ya pasada de cuentas, tener que aguantar que persistentemente y día a día te pidan “que te marches ya a tu casa” y que solicites ya la baja por maternidad “No vayas a montarnos aquí un número”.

O como tener que renunciar a un mes de permiso de maternidad e incorporarte antes al trabajo, porque “aquí se te necesita”, mediando con ello la correspondiente interrupción de la lactancia natural de golpe y porrazo y las consecuencias fisiológicas que ello conlleva y de las que un hombre no creo que sea consciente.

Y tras la maternidad, lamento decirle Señor Korwin-Mikke, que la cosa no mejora.

Sirvan como ejemplo las noches en blanco peleando para bajar los 39 grados de fiebre de tu bebé y rezando para poderlo  llevar al día siguiente a la guardería, porque no tienes con quién dejarlo, y porque bajo ningún concepto puedes plantearte como opción faltar a la reunión que tienes a las diez de la mañana.

Esta etapa de mi vida, creáme Señor Korwin-Mikke, que daría para mucho más que un post, pero permítame, antes de abandonarla y sin ánimo de aburrirle,  apuntarle algunos otros ejemplos:

Como el hecho de tener que dejar a tu hijo en la guardería el primero y ser la última en recogerlo… o que sus profesores te digan que tenían ganas de conocerte porque “tu hijo nunca habla de tí y sólo menciona a su padre” quien, en mi caso, y por tener él un trabajo que entraña menor necesidad de disponibilidad, ha podido disfrutar de la infancia de nuestros hijos, cosa que a mi, mi dedicación profesional y mi responsabilidad laboral no me ha permitido .

Vaya por delante que la escasez de inteligencia que usted, sin conocerme, me atribuye no me causa zozobra alguna, ya que siempre he sido muy práctica y creo que lo importante no es disponer de recursos sino la capacidad de obtener resultados con los que tengas.

Por eso, Señor Korwin-Mikke, pese a no ser inteligente, reconózcame que al menos luchadora si he debido ser, ya que, pese a ser madre, esposa, hija, amiga, profesional, ama de casa y blogger… además, sin saber cómo, he sacado tiempo para seguirme formando y hago gala día a día de mis mejores esfuerzos para tratar de llegar a todo, no admitiendo nunca los límites que los demás, entre los cuales usted ocupa un lugar privilegiado, hayan tratado de imponerme.

La compensación a todo este esfuerzo al que me he venido refiriendo, debo decirle que seguramente, si nos ceñimos al plano económico-salarial, en mi caso, me temo que no ha sido suficiente.

¿Cuánto vale haberme perdido prácticamente en su integridad la infancia de mis hijos, a cuenta de reuniones, viajes de trabajo, cierres de nómina y negociaciones?.  Y para que vea que no le engaño, compartiré con usted algo que un día mi hijo, cuando tenía tres años, le dijo a mi marido y que yo nunca olvidaré:

¡Papá!, si ves a mamá, dale recuerdos míos.

No soy una mártir de causa alguna, ni tampoco me considero un ejemplo para nadie. He tenido  y tengo  la vida que he elegido tener y, como mujer, me considero afortunada en comparación con mi madre, quien fue educada en la creencia socialmente impuesta de que una mujer debe servir a su marido porque es su obligación, creencia que se estilaba en la Galicia rural de los años 30 en la que ella creció. Afortunadamente, y dejando aparte pensamientos fósiles, creo que la sociedad algo ha avanzado desde entonces.

Por eso, desde mi escasa inteligencia pero desde mi gran tenacidad, fuerza y capacidad de trabajo, le doy las gracias por haber llegado hasta el final de esta carta, en la esperanza de que la misma le ayude a usted a entender hasta qué punto puede llegar la dedicación profesional de una mujer, y a valorar esta realidad, antes de hacer afirmaciones tan categóricas como lo han sido las suyas en defensa de la brecha salarial en el Parlamento Europeo.

Atentamente.

Firmado: Eva… que por si usted no lo sabe, o no lo recuerda, es un nombre de origen hebreo que significa: “Aquella que da la vida”.

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