EL PRIMER TRABAJO SIEMPRE ES EL MEJOR

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Imagen por cortesía de: Blackzheep/FreeDigitalPhotos.net

 

Hace unos meses, gracias al blog, me reencontré con un compañero de mi primer trabajo, al que hacía por lo menos veinte años que no veía. Quedamos una tarde para tomar un café y retomar contacto. Aparte de cruzarnos las evidentes e inevitables mentiras piadosas sobre lo poco que ambos habíamos cambiado físicamente, tuvimos también ocasión de contarnos cómo nos había ido y de repasar nuestra evolución profesional en estos años.

A lo largo de esa charla le reconocí a mi compañero y amigo algo que yo siempre digo, y es que aquél primer trabajo mío de becaria en la Dirección de RRHH de una gran empresa pública, pese a ser el peor pagado, pese a no cotizar a la seguridad social, a no tener oficialmente derecho a vacaciones, y pese a hacer la jornada laboral más extensiva en horas de toda mi carrera, para mi, sin duda alguna constituyó la mejor experiencia laboral que hasta la fecha he tenido.

Tanto es así que todavía mantengo contacto con algunos de los compañeros de aquella etapa que, ¡por cierto! se siguen refiriendo a mi como «Eva, la becaria», y lo cierto es que a lo largo de mi vida profesional  he podido contar con su ayuda cada vez que la he necesitado. ¡Y eso que en aquellos tiempos no contábamos con la facilidad de tener redes sociales!

¿Qué nos aporta el primer trabajo?

Si tuviera que responder a esta pregunta diría que el primer trabajo te permite básicamente poner tu talento a funcionar… y, ya de paso, comprobar que puedes hacerlo sin romper nada.

De alguna manera es algo parecido a lo que experimentas al sacar el carnet de conducir y llevar durante el primer año puesta tu «L» en el cristal trasero. Vives el reto de adentrarte en el mundo laboral pero el entorno, advertido de que eres un conductor novel, suele mostrarse empático y bastante proclive a prestarte ayuda. Al fin y al cabo todos fuimos becarios algún día.

Pero no toda la experiencia se reduce a esto, en el primer trabajo asumes por primera vez una responsabilidad no académica, te comprometes a desempeñar un trabajo para alcanzar un resultado exigible por un tercero y, lo que es más importante, todo eso tienes que hacerlo integrándote en un equipo, interactuando con los compañeros y bajo un estilo de dirección al que puedes ser afín o con el que te tocará convivir pese a no entenderlo.

A mi siempre me ha parecido que un profesional en el inicio de su carrera es como ese pegote inicial de arcilla que el alfarero pone en el torno y que luego va modelándose a medida que gira sobre si mismo.

El proceso de modelado dependerá en todo caso de elementos como la experiencia vivida, los retos conseguidos, los fracasos asumidos, el aprendizaje, la interacción, mejor o peor, con jefes y compañeros, y la adaptación a las diferentes culturas organizativas.

La calidad de la arcilla es importante, como lo es el hecho de poseer talento pero, además de la materia prima, la calidad de la pieza que al final sale del torno dependerá de la presión de los elementos (dedos del alfarero),  y de la impronta que éstos han dejado sobre la arcilla. 

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Imagen por cortesía de: Dan/FreeDigitalPhotos.net

En nuestro primer trabajo somos tremendamente modelables, yo diría que somos como esponjas, dispuestos a aprender, a absorber conocimiento para poder demostrarle al mundo, y a nosotros mismos, la inmensidad de nuestra valía. En ese momento poco nos importa si el reparto de tareas es equitativo dentro del equipo, ni nos preocupamos de conocer el cuartil de mercado en el que se encuentra nuestro salario, y tampoco nos quita el sueño el hecho de que el compañero de la mesa de al lado gane más que nosotros pese a echarle a la causa la mitad del esfuerzo y ganas que nosotros le ponemos .  

Nuestro mayor valor y nuestra fortaleza es nuestra motivación, y por eso en ese momento el mero hecho de haber llegado hasta el torno del alfarero, de tener la oportunidad de crecer bajo sus dedos y de aportar valor es ya para nosotros una recompensa en si misma.

¿Qué nos ocurre luego?

Luego nos ocurre algo inevitable… a medida que empezamos a crecer la pirámide de Maslow aparece en nuestra vida laboral, y entonces la naturaleza de nuestras necesidades cambia y se va haciendo más compleja.

Nuestras expectativas varían: ya no nos basta con retarnos y demostrarnos que aportamos valor, queremos que ese valor se reconozca, que se recompense adecuadamente, y empezamos a medir nuestro desempeño no de una manera absoluta sino relativa, comparándolo con el del resto integrantes del equipo. No en vano, la campana de Gauss irrumpe en nuestro entorno para que tengamos presente que la evaluación del desempeño exige una distribución forzada y que no todos los componentes de un equipo pueden ser excelentes, con lo cual, necesariamente parece que la cosa va a tener que ir de competir.

Modulamos, a veces de modo inconsciente y otras con toda la intencionalidad, nuestro desempeño en función de si nuestras expectativas se cumplen o no. La frustración y el desengaño se presentan como amenazas capaces de minar nuestra motivación. El enemigo a combatir será caer presos de la rutina y levantarnos día a día para ir a trabajar cabizbajos y sin fuerza, emulando a los obreros de Metrópolis que bajaban a trabajar al subsuelo en la clásica película de Fritz Lang.

Por eso creo que, de vez en cuando,  es importante echar la vista atrás para recordar las sensaciones que nos dejaba ese primer trabajo, y visualizarnos a nosotros mismos cuando éramos un modesto pegote de arcilla sin forma pero con grandes posibilidades.

Debemos ser lo suficientemente autocríticos y objetivos como para ser capaces de evaluar si el efecto de los dedos del alfarero y de la fuerza centrífuga del torno sobre nosotros ha creado un resultado satisfactorio y a la altura de nuestro potencial de desarrollo. ¿Estamos dando de si todo lo que podemos?

Haciendo este ejercicio muy probablemente nos daremos cuenta de que el devenir de la vida nos ha hecho crearnos necesidades que seguramente no son tan imprescindibles como creíamos que eran, y que, atrapados en esta dinámica, aquella motivación que en ese momento inicial de nuestra carrera era el motor que nos hacía imparables hoy quedó en segundo plano en aras de conseguir una aparente garantía de ingresos, un pasivo laboral abultado o sabe Dios qué.  

Si ese fuera el caso, a lo mejor, deberíamos plantearnos que lo que procede hacer es recuperar la actitud de becario para recordar quienes somos en realidad y «remodelarnos» ya que el torno, como el cambio, nunca deja de girar. 

Este post va dedicado a Octavio, Mariano, Maite, Juanjo, Alberto, José María, Mari Carmen,  Ángel Julián… y al resto del Dream Team que me acogió como becaria en la Dirección de RRHH de RENFE de 1992 a 1994.  

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Las opiniones, comentarios y contenidos que, como autora, publico en este blog son absolutamente personales, y por tanto no las emito en representación de ninguna de las empresas con las que en el pasado o en la actualidad mantengo vinculación laboral. 

 

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4 respuestas a EL PRIMER TRABAJO SIEMPRE ES EL MEJOR

  1. Luis Alonso Rosales (@HROptimus) dijo:

    Muy cierto Eva, gacias por hacerme recordar mis comienzos y aseverar en gran medida tus comentarios sobre lo que nos viene después de madurar laboralmente. Gracias

    • Eva Martínez Amenedo dijo:

      Gracias Luis. De vez en cuando recordar los principios es un ejercicio recomendable para tomar perspectiva. Muchas gracias por leer y comentar. Un abrazo.

  2. Aflabor dijo:

    Hola Eva
    Gracias a esta entrada yo también he recordado mi primer trabajo, como el comentarista anterior.
    Es una lástima que los que ahora son jóvenes tengan unos primeros trabajos no relacionados con sus estudios (eso también pasaba cuando yo era joven pero ahora pasa más) por lo que el recuerdo de su primer trabajo será diferente… y posiblemente amargo.
    Un saludo
    Antonio

    • Eva Martínez Amenedo dijo:

      Gracias Antonio, bueno, en realidad a mi en cierto modo también me pasó eso. Nunca se sabe qué es mejor y qué peor. Mi formación de base es licenciada en Económicas, especialidad Hacienda, sin embargo al final esta primera experiencia me hizo orientarme al ámbito de RRHH, si me hubiesen becado en un departamento de contabilidad o de fiscalidad a lo mejor estaría ahora haciendo declaraciones de impuestos. Es verdad que precisamente por esta base formativa mis primeros pasos en el mundo de RRHH fueron muy orientados al ámbito numérico (administración de personal) pero al final mira tú dónde he terminado. Gracias por pasarte, como siempre, y por compartir y valorar el contenido. Un abrazo

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