El ENTREVISTADOR ENTREVISTADO

Hace unas semanas Iván García contactó conmigo para pedirme una colaboración para el arranque de su proyecto web,  www.talentoyempresa.com. Agradezco el interés de Iván en invitarme y reproduzco aquí el artículo que he preparado para poner mi granito de arena en este proyecto, al que deseo toda la suerte del mundo. Podéis acceder al contenido también a través de este link.

El Entrevistador Entrevistado

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Imagen por cortesía de: Stuart Miles/FreeDigitalPhotos.net

 

Este post, con título de trabalenguas, lo voy a dedicar a exponer alguno de mis puntos de vista sobre los procesos de selección, y más concretamente a incidir en algunos aspectos de enfoque que considero fundamentales para encarar la fase que creo que es más relevante de estos procesos: la entrevista.

Pero no quiero, querido lector, generarte una expectativa falsa, y que pienses que leyendo este post vas a encontrar en él una especie de guía sobre cómo superar una entrevista de trabajo, sobre cómo debes vestirte para esa ocasión, o sobre cómo responder a preguntas comprometidas durante el desarrollo de la misma.

Y ese enfoque no lo encontrarás aquí porque personalmente, siempre he sido bastante escéptica ante la efectividad y rigor de las supuestas guías mágicas repletas de fórmulas y trucos infalibles dirigidos a hacer que salgas, por definición, vencedor en un proceso de selección, sin necesidad de entrar en valoraciones sobre tu perfil ni sobre el tipo de puesto sobre el que dicho proceso pivota.

Es posible, aunque personalmente lo dudo,  que con la ayuda de este tipo de guías puedas sesgar la opinión de un entrevistador y “llevarte el gato al agua” pero no por ello tus problemas habrán terminado, más bien puede que suceda todo lo contrario, y que precisamente los mismos se inicien a partir de ese momento.

Me gustaría partir de una base que creo que muchas veces, probablemente como resultado de las circunstancias, no terminamos de tener del todo clara y que solemos olvidar. Y es que en el mundo profesional la verdadera victoria no consiste en pasar un proceso de selección sino en encontrar un puesto de trabajo que se ajuste como un guante a tu perfil, que responda a tus expectativas y que te permita crecer y desarrollarte.

Ahí es donde tenemos que poner nuestro foco: en definir y tener muy claro el tipo de puesto que queremos ocupar, o lo que es lo mismo, el proceso de selección ha de ser un medio, pero no debe concebirse como un fin en sí mismo.

Es cierto que el momento actual no ayuda nada, que el desempleo prolongado hace mella en el ánimo y va cercenando la ilusión de quien busca con avidez la oportunidad sin lograr encontrarla. Vaya por delante mi respeto y mi comprensión ante las reacciones humanas que este escenario  de precariedad sostenida suscita. Pero lo más terrible de esta situación es que muchas veces la adversidad nos hace bajar el listón en nuestra búsqueda, olvidamos cuál es nuestro objetivo, y nos hace creer que estamos casi obligados a abdicar de nuestras preferencias, a olvidarnos de nuestro derecho a dirigir la búsqueda, y a tratar de encontrar trabajo “de lo que sea”.

De cara a afrontar un proceso de selección esta estrategia suele convertirse en una mala elección, ya que de algún modo olvidamos que la selección consiste en encajar y en encontrar el  equilibro y compatibilidad entre dos elementos: requerimientos del puesto y perfil del candidato.

Quienes leen mis artículos, saben que suelo recurrir a adoptar enfoques poco tradicionales para acercarme a los temas sobre los que suelo escribir. Este artículo no va a ser una excepción, por eso, a la hora de aconsejarte cómo afrontar una entrevista, me gustaría que, en lugar de centrarnos en el tipo de preguntas que un entrevistador te puede hacer y en las respuestas idóneas que habría que dar, ¡si es que las hay!, analicemos en qué consiste una entrevista desde otro punto de vista.

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Imagen por cortesía de Chaiwat/FreDigitalPhotos.net

¿Quién entrevista a quién?

 Corregidme si me equivoco, pero creo que todos solemos enfocar la entrevista de trabajo como si fuésemos a hacer un examen oral. Con esto quiero decir que, de alguna manera, nos autoimponemos el rol de ser durante la misma mayoritariamente emisores de información.

Para preparar la entrevista repasamos mentalmente nuestro currículum una y mil veces e imaginamos qué tipo de preguntas “nos pueden caer”. A partir de esa base nos preparamos exhaustivamente para reaccionar ante una situación incómoda, entendiendo como tal aquella en la que no seamos capaces de dar una respuesta ágil y certera a una pregunta formulada por nuestro entrevistador/oponente.  

Y aparte de eso, ¡que no es poco!, la mayoría de las veces, la verdad es… que no hacemos mucho más. Como mucho, nos metemos en la página web de la empresa a la que aspiramos incorporarnos y curioseamos que tipo de información contiene para ir un poco más orientados. Con esta preparación previa, vestir adecuadamente para la ocasión y llevar un cv impreso bien estructurado, gramática y ortográficamente impecable y ajustado a una extensión máxima de dos páginas, pensamos que estamos listos para lidiar este toro.

Al final, mi opinión personal es que, adoptando este enfoque, caemos en el error capital de dejar nuestras preferencias y expectativas viajando en el furgón de cola. Y como prueba de ello, decidme,  ¿quién no se ha quedado alguna vez en blanco durante la entrevista cuando el entrevistador, al terminar de hacer todas las preguntas que ha considerado necesario hacerte, te dice si quieres preguntarle tu algo?

¿Qué pasa por nuestras cabezas en ese momento? Creo que estaremos de acuerdo en que es imposible que en una entrevista de, como máximo una hora,  en la que ni siquiera hemos dirigido sus preguntas, todas nuestras dudas e inquietudes sobre la ansiada oportunidad hayan encontrado respuesta.

No deja de ser paradójico que precisamente esta pregunta: ¿Hay algo que quieras preguntarme? sea la pregunta que no estamos preparados para responder.

Retomo mi planteamiento inicial para intentar buscar una explicación a este fenómeno tan curioso. Mucho me temo que tras este bloqueo subyace el problema de que nuestras ganas de  causar buena impresión en el entrevistador nos hacen temer hacer una pregunta indebida que  devuelva una imagen nuestra que sea perjudicial para mantener nuestra continuidad en el proceso.

Así las cosas preferimos, o bien callarnos y decir que la entrevista ha satisfecho todas nuestras necesidades de información sobre el puesto, o bien hacer una pregunta tibia para salir del paso sin entrar en ninguna cuestión que pueda resultar escabrosa.

En resumen: las expectativas sobre el puesto, nuestra necesidad de saber más para así poder evaluar objetivamente si estamos o no ante una oportunidad interesante, permitimos que decaigan ante el temor de quedarnos fuera del proceso y de este modo, nuevamente, caemos en el error de hacer del medio un fin.

¿Te casarías con alguien a quien acabas de conocer? Seguramente no, necesitarías saber cosas tan importantes como cuál es su objetivo en la vida, qué espera de vuestra relación, qué soporte emocional está dispuesto a darte, también te interesará saber qué espera esa persona de ti, qué nivel de demanda y de exigencia hacia ti vas a encontrarte y hasta qué punto está dispuesta a comprometerse contigo. Parece lógico, ¿no? Y toda esta necesidad de información la necesitas para saber si existe una compatibilidad entre vosotros, y si esa persona, al menos a priori, pudiera ser para ti una buena compañera de viaje.

Alguna vez he dicho que para mí existen muchas similitudes entre las relaciones laborales y las de pareja, por eso, me llama poderosamente la atención que a la hora de embarcarnos en una relación amorosa tengamos tan clara la necesidad de recabar datos y sin embargo, a la hora de “casarnos profesionalmente” con un empleador, a la hora de satisfacer esta demanda de información nos autoimpongamos la exhibición de una prudencia forzada durante el desarrollo del “cortejo”, léase entrevista.

Por eso, creo que a la hora de prepararnos para nuestra entrevista, deberíamos pensar que, al margen de que el entrevistador es quien ha dado el paso de llamarnos, en realidad somos nosotros quienes, como candidatos, estamos evaluando la oportunidad que se nos presenta.

O lo que es lo mismo, en lugar de prepararnos para pasar un examen, y para ser evaluados, debemos hacerlo sobre la filosofía de que la entrevista gire sobre su propio eje y construir una entrevista en la que la posición de candidato no equivale a la de evaluado sino también a la de evaluador respecto a la idoneidad o no y al encaje del puesto con nuestras propias expectativas y capacidades. 

Por eso, aunque pueda parecer un enfoque arriesgado, pienso que deberíamos encarar la entrevista con una firme voluntad de enriquecer esa posición pasiva que nos convierte en meros emisores de información, y evolucionarla hacia una posición en la que no temamos en un momento dado tomar las riendas del proceso y ser nosotros quienes también entrevistemos a nuestro entrevistador.

Sabiendo dirigir nuestras preguntas adecuadamente no renunciaremos al derecho a obtener información sobre cosas tan importantes como el tipo de cultura que impera en la Organización que aspira a acogernos, el estilo de liderazgo de quien será nuestro jefe, los valores de Compañía y la manera de entender el rol que en ese entorno se espera que desempeñemos, y de este modo podremos autoevaluar nuestras posibilidades de éxito y decidir si merece la pena aceptar o no el reto.

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Las opiniones, comentarios y contenidos que, como autora, publico en este blog son absolutamente personales, y por tanto no las emito en representación de ninguna de las empresas con las que en el pasado o en la actualidad mantengo vinculación laboral. 

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2 respuestas a El ENTREVISTADOR ENTREVISTADO

  1. Que cantidad de verdades!
    Gracias por el Post.
    Un artículo muy interesante.

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