LA GESTIÓN DE LA SINCERIDAD

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Imagen por cortesía de Graur Codrin/FreeDigitalPhotos.net

Hay algunos temas sobre los que resulta arriesgado escribir por su tendencia a suscitar polémica, y este de hoy, para mi sin duda alguna, es uno de ellos.  En este post quisiera compartir algunas reflexiones propias sobre la importancia que tiene el modo en el que gestionamos y administramos nuestra sinceridad. 

Asumo naturalmente que estas reflexiones, absolutamente personales, pudieran no ser compartidas por quienes lean este post, pero si tenemos en cuenta cómo en todos los órdenes de la vida la gestión de nuestra sinceridad tiene un impacto directo en nuestras relaciones con los demás creo que, pese al posible desacuerdo de muchos con los puntos de vista que expondré, merecerá la pena seguir adelante con este post.

Si pensamos de una manera abstracta en el concepto de sinceridad, creo que unánimemente no la calificaríamos como un defecto y sí como una virtud, y a priori es posible que estuviésemos en lo cierto. Ahora bien, también creo que muchas veces pecamos de asimilar el concepto de sinceridad al de honestidad  y ahí es donde nos equivocamos de pleno, ya que, en mi opinión, no todo el mundo que es sincero sabe serlo con honestidad.

Precisamente, haciendo esta disquisición entre sinceridad y honestidad es donde normalmente nos topamos con la delgada frontera que, lamentablemente, no siempre separa bien la conducta sincera de la cruel o hiriente.

La sinceridad es un regalo muy difícil de envolver y que hay saber elegir bien cuándo y cómo entregar

 

Hace unos meses, escribí un post de la serie Gestión Disney de RRHH sobre la película Pocahontas, en él,  reflexionaba sobre una idea: “El mapa no es el territorio”, y esta idea me veo obligada a traerla nuevamente a colación para explicar su interacción con el concepto de sinceridad que hoy nos ocupa.

La poderosa máxima: “El mapa no es el territorio”, nos invita a reflexionar sobre el hecho de que en la vida no existen las verdades absolutas, solamente existen interpretaciones de la realidad, y dado que cada uno tenemos nuestra propia mochila a la espalda repleta de valores personales y de creencias aprendidas, tanto los unos como las otras nos harán percibir a cada uno la realidad de una manera personal, propia e irrepetible, con lo cual, las interpretaciones posibles de un mismo hecho son infinitas.

Siendo así, creo que antes de dar por buena nuestra versión del problema ajeno, sacar pecho e intentar salvarle la vida a quien hemos decidido obsequiar con el premio de ser receptor de nuestra sinceridad,  y de arrojársela como si de una daga voladora se tratase, deberíamos hacer un ejercicio de humildad y de prudencia, o simple y llanamente, detenernos a pensar.

Y digo esto porque a lo mejor, la persona candidata a que le salvemos la vida mediando el correspondiente dechado de sinceridad por nuestra parte, lo último que necesita en ese instante es precisamente que le hagamos ese regalo, y puede que, en su lugar , lo que realmente le vendría bien es tener un hombro ajeno en el que apoyarse, o alguien con quien compartir su visión del problema… hay momentos en los que lo mejor puede ser perfectamente enemigo de lo bueno.

Un aspecto que tampoco deberíamos olvidar nunca es que cuando somos “desatadamente sinceros”,  lo que estamos haciendo es expresar una opinión propia, y por lo tanto, sesgada, ¡ni más, ni menos!. Estamos, de hecho, formulando una opinión que hemos forjado juzgando, desde nuestro punto de vista, tanto el problema ajeno como la idoneidad, o no, de las reacciones del otro ante el mismo, y normalmente tras ese juicio solemos terminar concluyendo que la solución mágica para todos los males ajenos es justamente la que nosotros podemos aportar. Por eso, creo que no me equivoco si afirmo que la sinceridad, algunas veces, también tiene muchos puntos en común con la soberbia.

“Tras el burladero” (Eva Martínez Amenedo)

Otro frecuente error en el que solemos caer es en olvidarnos de algo tan sencillo y evidente como que quien realmente necesita de la sinceridad ajena, simplemente ¡la pide!.

Y, lamentablemente, tampoco es extraño encontrarnos alguna vez en el camino con una tipología peculiar de persona que cree que su infalible sinceridad es una especie de escudo protector o de superpoder que le provee del derecho absoluto a decirle al otro lo que quiere y de cualquier manera, olvidándose de que las cosas que decimos a veces erosionan las relaciones y llevándose por delante  un valor para mi mucho más fundamental que el de la sinceridad: el del respeto hacia el otro.

¿O no es cierto acaso que al escuchar la frase “te voy a ser muy sincero”  sentimos la instintiva necesidad de huir buscando el resguardo del burladero más cercano?. Reconozco que a mi, cuando escucho esta advertencia me dan ganas de darle respuesta con esta otra frase: “Piensa bien lo que vas a decir, porque una vez que lo hayas dicho no podrás pedirme que lo olvide”.

Sinceridad vs Sinceridad

Naturalmente, en todo esto caben matices, no pretendo en absoluto proyectar la idea de que la sinceridad siempre ha de ser nociva. ¡Ni mucho menos!, de hecho, también creo que alguna vez la sinceridad ajena es un zarandeo necesario que podemos llegar a agradecer previo paso por la necesaria digestión. 

Pero dicho esto, también creo igualmente que la barrera del respeto nunca debe sobrepasarse, y que el sentimiento de supuesta legitimidad autoarrogada que en algunas personas provoca el proferir el anuncio encerrado en la frase “yo es que soy muy sincero”, suele por desgracia derivar en una posterior exhibición de la más absoluta falta de respeto hacia el otro. Entramos así, por tanto, de lleno en lo que yo defino como la sinceridad mal gestionada, la sinceridad arrojadiza, la sinceridad arrogante, o la sinceridad imprudente.

Y es que en estas situaciones, en las cuales alguien, a quien incluso puede que sin que ni siquiera se lo hayas pedido, te dispara su sinceridad a bocajarro, y se permite además hacerlo de manera hiriente, suele además presentarse una derivada bastante curiosa… que ese “francotirador sincero” espere de ti que encajes el golpe con deportividad y sin manifestar el más mínimo malestar hacia él, porque, al fin y al cabo, ¡él ha sido sincero contigo!. En mi opinión, este no deja de ser un planteamiento ciertamente paradójico, ya que “el sincero” por el mero hecho de blandir su sinceridad frente a alguien, de alguna manera se atribuye el derecho a anular, amordazar, o neutralizar la sinceridad reactiva de quien tiene enfrente. 

Parece, por tanto, algo socialmente aceptado que cuando tengas enfrente un emisor de sinceridad “con lo que éste quiera llamarte te tengas que conformar”, porque estaría feo o  mal visto castigar la sinceridad ajena, todo ello sin perjuicio de que pueda tratarse de una sinceridad hiriente,  innecesaria,  o simplemente distorsionada en lugar, forma o tiempo.

Así las cosas, no puedo evitar pensar que, probablemente a consecuencia de algunas creencias en las que nos hemos educado, le otorgamos un valor sobredimensionado a la sinceridad y que la concebimos en un sentido absoluto, esto es, dándole una acepción única. De esta manera asumimos, desde mi punto de vista erróneamente, que el fin siempre justifica los medios. 

Concluyo recordando algo que ya decía al iniciar este post, estas reflexiones, creo que son perfectamente extrapolables a  cualquier ámbito de la vida: tanto personal como laboral. Por eso, creo que aprender a gestionar adecuadamente la emisión de nuestra sinceridad y a ser capaces, esta vez como receptores, de desarrollar la capacidad de distinguir la sinceridad honesta de la arrojadiza y de actuar en consecuencia, puede convertirse en una habilidad muy útil, incluso me atrevería a decir que fundamental, para la relación cotidiana con nuestros equipos de trabajo y con todos los que nos rodean. 

¿De verdad se tiene que cumplir siempre aquello de que quien bien te quiere te hará llorar?.

 

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2 respuestas a LA GESTIÓN DE LA SINCERIDAD

  1. Aflabor dijo:

    Hola Eva
    Me recuerda a la situación en la que alguien empieza una frase diciendo “con el debido respeto” y automáticamente sabes que todo lo que vendrá después no tiene nada de respetuoso.
    Un saludo

    • Eva Martínez Amenedo dijo:

      Hola Antonio. Me ha encantado la comparación, jajaja. ¡Genial!. Mi foto tras el burladero intenta, no se si con éxito, ilustrar justo esa sensación de preludio/pánico que nos invade cuando el otro, cargado de razón, nos hace una advertencia de este pelo. Es un tema complicado de abordar, porque tampoco se trata de ensalzar la mentira o el cinismo, pero creo que nunca es admisible que alguien se permita ser hiriente hacia ti y que además te exija que no te ofendas porque su sinceridad le legitima a decirte lo que le parezca. Es una estrategia de lo más común y, si no tienes muy clara la diferencia entre sinceridad y honestidad puedes incluso llegar a caer en la trampa de sentirte culpable. Mil gracias por la valoración, las recomendaciones y por comentar. Es un gusto tenerte de visita por aquí.

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