EL FINAL DE LA CRISIS: CUANDO LOS BROTES VERDES SE CONVIERTAN EN RAMAS

Imagen por cortesía de Just2shutter/FreeDigitalPhotos.net

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Hace algunos días el Presidente del Gobierno vaticinó que la crisis finalizará al concluir esta legislatura. Todos ansiamos que esta previsión se cumpla, a la vez que deseamos confiar en el rápido fortalecimiento de esos brotes verdes que tímidamente van asomando… pero ¿sabemos con certeza qué es lo que nos aguarda al final del túnel?, este artículo quiero dedicarlo a buscar algunas posibles respuestas a esta pregunta.

Una dolorosa lección de humildad

Esta crisis ha supuesto un auténtico cambio de paradigma, nos ha hecho revivir sensaciones que teníamos muy olvidadas, nos ha hecho sentirnos vulnerables, débiles, nos ha recordado la reversibilidad de las cosas y que las épocas de bonanza tornan en épocas de vacas flacas sin preavisar. Podríamos decir que, de manera generalizada, esta crisis nos ha dado una dolorosa lección de humildad.

Ante este vapuleo, nos hemos sumergido en un baño de realidad. Tanto empresarios como trabajadores nos hemos dado cuenta de que solamente somos dueños de nuestro propio destino en parte, de hecho, somos dueños únicamente de la parte del mismo que no queda a merced de las tan temidas causas económicas técnicas organizativas o de producción.

Cuando estábamos cómodamente instalados en la prosperidad, de pronto, nos someten a su asedio los fantasmas: el del desempleo, el de los recortes salariales, el de la desaparición de los beneficios sociales, el de la merma de las prestaciones y pensiones públicas… Los precios suben a la vez que los salarios bajan, y el trabajo súbitamente se nos presenta como un bien escaso, un bien que hay que repartir y administrar, en el mejor de los casos a golpe de expediente suspensivo o de regulación temporal de empleo.

Aflora entonces nuestra aversión al riesgo contribuyendo con ello a la paralización del mercado de trabajo , nadie se siente con fuerzas para arriesgar y dar el salto mortal sin red que supondría enrolarse en un cambio de trabajo. Esta reacción, unida al contexto que acabamos de exponer, no deja de tener unas consecuencias demoledoras para el propio trabajador, ya que se materializa en un conformismo laboral pernicioso. Es el síndrome de un trabajador atrapado en un puesto que no le motiva pero por el que gana un salario que, pese a las congelaciones y regresiones que ha sufrido, sigue siendo muy superior al que ahora en el mercado se paga por alguien con su perfil. 

Si volvemos la vista hacia la parte empresarial comprobaremos que para ella las cosas tampoco son fáciles, de hecho, su objetivo en la mayoría de las ocasiones ya ni siquiera es crecer sino sencillamente sobrevivir. La actual coyuntura permite al empresario bajar la guardia en el ámbito de la compensación: la falta de crecimiento aplaza la necesidad de atraer talento, y la paralización del mercado minimiza el riesgo de su fuga. 

En este contexto de economía de guerra el legislador ha dotado al empresario de un kit de supervivencia: el final de las ultraactividades sine díe, la inclusión de la cuantía salarial como materia susceptible rescisión de contrato por modificación sustancial de las condiciones de trabajo, el abaratamiento del despido, la flexibilización de las causas para justificar un descuelgue del convenio … Pero, no debemos olvidar que la puesta en marcha de todas estas medidas tienen “su cara y su cruz”:

  • Por una parte constituyen una válvula de escape que permite mantener el nivel de empleo y hacerlo compatible con la reducción de costes de personal, en ello consiste la tan traída y llevada flexiseguridad.
  • Por otra parte, el ejercicio de estas posibilidades de ajuste no deja de tener un precio  que se paga en términos de tensión social en el seno de la empresa. 

A su vez, la gravedad de las circunstancias nos ha llevado a una situación bastante desconcertante, y es que el legislador efectivamente ha dotado al empresario de su kit de supervivencia, pero lo ha hecho sin ponerle fecha de caducidad. Así es, los procedimientos y vehículos legales para recortar derechos adquiridos y costes de personal vía modificación sustancial de las condiciones de trabajo se han flexibilizado, están perfectamente articulados y en funcionamiento, sin embargo, la norma no prevé una reversibilidad futura. 

Estamos, por tanto, ante un escenario en el que se viene produciendo el debilitamiento de los, hasta ahora, derechos adquiridos y al que se une la incertidumbre sobre su continuidad futura.

De alguna manera al trabajador, pese a serlo por cuenta ajena, se le viene haciendo copartícipe de la asunción del riesgo intrínseco al negocio, toda vez que la continuidad y viabilidad del mismo requiere de un sacrificio por su parte en términos salariales, o incluso de un recorte en su jornada de trabajo. Este tipo de esfuerzo el trabajador lo ha venido asumiendo en aras de evitar un mal mayor: la pérdida del empleo

La luz al final del túnel

Imagen por cortesía de adamr/FreeDigitalPhotos.net

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¡Y por fin llegamos al ansiado momento en el que se ve un punto de luz al final del túnel!. Teniendo en cuenta los antecedentes analizados, ¿qué es lo que cabe esperar que a partir de ese momento suceda?. Pues… yo me aventuraría a decir que ese momento, el de la recuperación, no va a ser tampoco nada sencillo de gestionar

Tendremos a una clase empresarial que ha suscrito una cierta “deuda o compromiso moral” con sus trabajadores y con los agentes sociales, ya que durante la travesía del desierto ellos han asumido la cuota de riesgo que les ha venido impuesta e incluso han pagado el precio social de la crisis en sus propias carnes por la vía del recorte de sus beneficios y compensaciones. 

Resultará, por lo tanto, muy humano y esperable que, cuando la situación revierta y el bache quede atrás, estos “acreedores morales” aspiren a recuperar su estatus de partida, y todo ello pese al vacío legal que sobre el tema se cierne. Lo queramos o no admitir, esa será su expectativa y esa será la beligerante realidad que encontraremos y que tendremos que gestionar.

El empresario, por su parte, se jugará entonces toda su credibilidad como empleador, será el momento de ver “quién es quién”. Él ha pedido a la otra parte un esfuerzo, una corresponsabilidad y, dejando aparte el hecho de si ha mediado una mejor o peor disposición al hacerlo, lo cierto es que ese esfuerzo por lo general se ha hecho.

¿Sabrá la clase empresarial recordarlo en el momento de la recuperación?. ¿Sería sensato atender a esta demanda sin tener antes la certeza de que la senda de la recuperación se ha consolidado?. ¿Aprovechará la situación de vacío legal para eludir el compromiso moral suscrito?. ¿Sabrá estar a la altura de la situación?. Debería al menos ser consciente de que va a tener que patinar sobre hielo fino y de que no va a poder permitirse fallar en un momento así porque, si lo hace, el precio que va a tener que pagar durante el resto de su vida frente a su plantilla y a los agentes sociales va a ser altísimo.

Por otra parte, el respiro que el mercado laboral le ha dado al empresario, y que le ha permitido desatender su necesidad de atraer y retener el talento, habrá dejado de existir.

Deberá tenerse entonces presente que el trabajador ha estado agazapado bajo un soportal esperando a que la tormenta arreciara. Será el momento de poner nuevamente en funcionamiento las políticas de compensación, sin dejar de darle a este tema la importancia que merece ya que, de no hacerlo así, mi previsión es que las Organizaciones se arriesgan a vivir en su seno el fenómeno que yo denomino “la estampida del talento”.

Mi conclusión es que, pese a que somos conscientes de atravesar un proceso de crisis sin precedentes, la recuperación opino que también nos dibuja un futuro no exento de incertidumbres. Concluyo por ello este post haciendo referencia a una frase de mi admirado economista y escritor,  José Luis Sampedro, e invitándoos a reflexionar sobre ella:

“Tras esta crisis, lo próximo a corto plazo será… otra crisis”

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