SOBRE LAS PERSONAS QUE TRANSFORMAN LAS ORGANIZACIONES

Imagen por cortesía de Idea go/FreeDigitalPhotos.net

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Hace algunas semanas dediqué un post llamado el dintel de lluvia de estrellas a reflexionar sobre cómo algunas Organizaciones transforman a las personas, hoy quisiera dedicarme al caso contrario, y hablar sobre las personas que tienen la capacidad y el poder de impulsar el cambio en las Organizaciones.

Mucho se ha escrito sobre el liderazgo transformador, al pensar en el líder impulsor del cambio casi lo concebimos como una especie de «elegido», un visionario tocado por el don divino de transformar en oro lo que toca, una especie de Moisés que a golpe de báculo hace que las aguas del Mar Rojo se abran y que nos allana los obstáculos para que nosotros, ¡pobres mortales!, veamos la luz … 

Este tipo de líderes excepcionales son, ¡eso!, ¡excepcionales!, no digo que no existan, haberlos los hay, pero son tan escasos que hablar de ellos y diseccionarlos para tratar de encontrar la clave de su éxito pienso que muchas veces no nos hace ningún favor. La comparación con ellos nos hace sentirnos insignificantes, autolimitarnos, e inconscientemente nos predispone a esperar sentados a que un Mandela o un Gandhi caiga en nuestra Organización y la transforme por y para nosotros. Asumimos de alguna manera que «eso del cambio no va con nosotros» cuando no hay nada más alejado de la realidad.

Por eso, aún a costa de decepcionar a quienes esperasen lo contrario, no voy a dedicarme en este post a hablar sobre los rasgos excepcionales que confluyen en estos líderes. Prefiero hablar de gente corriente, porque el liderazgo es importante para transformar pero también lo es la activación del motor del cambio en el resto de los mortales, y aunque el líder inspire, ¡que no es poco!, no es menos cierto que uno no se activa si no pone de su parte.  

Lo primero que debemos tener claro es que «El Cambio» no es una brisa transformadora   que súbitamente invade las Organizaciones para hacerlas más efectivas.  El cambio, se construye día a día, tarea a tarea, lo hacen posible las personas. El cambio, querido lector, nos corresponde impulsarlo a nosotros mismos, a ti y a mi, a cada uno en su ámbito de actuación.

Tu, y yo, ¡y todos! tenemos la capacidad de cambiar nuestra rutina, de pensar diferente, de terminar de una vez por todas con el «Pero, ¡si esto siempre lo hemos hecho así!». La única diferencia entre los impulsores del cambio y los reticentes al mismo, es su actitud.

Los tres elementos que debemos liberar en nuestro interior para convertirnos en impulsores del cambio

El primer elemento que tenemos que permitir que se libere dentro de nosotros es el  inconformismo, la capacidad de autocuestionarnos las cosas. Tenemos que forzarnos a tener un cierto toque de «rebeldía antisistema». Si no nos planteamos el porqué hacemos las cosas de una manera determinada y en su lugar nos subimos al carro del «todo está ya inventado» nunca creeremos que una mejora es posible y entonces nunca la descubriremos.

Y no me refiero a que tengamos que autocuestionarnos cosas a nivel macro, no es necesario volverse existencialista de la noche a la mañana, con ser capaces de hacerlo en relación con las cosas más sencillas la mayoría de las veces es suficiente.

Pondré un ejemplo en primera persona: He estado durante diez años, ¡diez!, remitiendo a un proveedor bancario de otra ciudad unos documentos originales, desplazando para ello a una persona a dejar el sobre en una oficina que este proveedor tiene en mi ciudad para que, desde allí por valija interna, el sobre viajase a su destino en otra ciudad. Un buen día, caí en lo más trivial del mundo, una voz interior me dijo: ¡Envíalo por correo postal ordinario!, ¡déjalo en la bandeja de salida con el resto del correo!, ¿qué ventaja reporta el actual método de envío?, ¿qué justificación hay para mantenerlo?, si el documento se pierde en el camino se hace un duplicado, no es la muerte de nadie.

Evidentemente, mi conclusión no es una genialidad, y espero que tampoco sea el mayor logro profesional de mi vida, cualquiera desde fuera lo hubiese visto rápido. Y por eso precisamente traigo este ejemplo, yo lo hacía así porque «eso se hacía así». Cuando yo entré a trabajar alguien me lo contó y yo seguí dejando girar la rueda sin más. Cuando decidí cambiarlo, no pude evitar sentirme ridícula al pensar en la de años que la solución llevaba delante de mis ojos lanzándome bengalas, mientras yo le estaba dando esquinazo por no autocuestionarme sobre el tema. 

El siguiente elemento a liberar es nuestra creatividad, acompañada de nuestra capacidad analítica. Ante una situación, debemos explorar todas las posibilidades, por remotas y absurdas que nos parezcan. Es increíble la cantidad de soluciones enrevesadas a problemas que tenemos integradas en nuestros procesos por no pararnos a pensar. Y lo que es aún más increíble, es que en muchas ocasiones el problema que originó la solución enrevesada hace siglos que desapareció… quiero decir que desapareció del mundo real pero no de nuestra cabeza.

Debemos ser conscientes de hacia dónde enfocamos nuestra atención cuando estamos afanados buscando una solución, y analizar si ese foco es el único posible. La creatividad es un motor del cambio, pero la tenemos bastante oxidada,  a base de no usarla, nos hemos vuelto mentalmente cómodos. Debemos rehabilitar nuestra mente, someterla a retos como entrenamiento para reactivar dentro de nosotros la creatividad y empezar así a vencer nuestra resistencia al cambio.

Para ello, nuevamente, no hace falta emprender grandes cruzadas, sino sencillamente romper rutinas, hábitos cotidianos, como cambiar la ruta de vuelta a casa con el coche, o dónde tomarnos el café, lo de menos es lo que elijamos cambiar porque de lo que se trata es de erradicar la rutina de nuestras vidas.

Y el último factor que tenemos que liberar es ciertamente el más complicado, me estoy refiriendo a la valentía, a ganarle la batalla a un miedo que llevamos en el ADN. El pensar diferente muchas veces es la clave de la genialidad y redunda en éxito, pero también tiene su contrapartida de incertidumbre y riesgo.

Hemos sido educados para no permitirnos fallar. Muchos somos aún de la generación de los que aprendimos a manejar el televisor con el libro de instrucciones en la mano. Las nuevas generaciones, afortunadamente, han evolucionado en esto y tienen muy asimilado que el aprendizaje se construye a base de equivocaciones. Los niños experimentan, y se equivocan hasta que suena la flauta, dan en el clavo y entonces ¡aprenden!. ¿Alguien ha visto a un niño aprender a manejar una Xbox con el manual de instrucciones?. 

Uno de los profesores de mi hijo mayor me dio una vez una gran lección sobre esto: «Usted no debe corregirle los deberes en casa, si se equivoca no pasa nada, en clase se corrige, se dará cuenta del error y así aprenderá. Si los padres están siempre evitando los fallos en sus hijos ellos nunca conseguirán aprender».

Si lo que hay que hacer nos parece tan evidente en el caso de los niños, ¿por qué no somos capaces de superar nuestro pánico al fracaso?. Se que no es fácil, pero si queremos triunfar necesariamente tendremos que asumir nuestra cuota de riesgo porque el proceso, como casi todo en la vida, tiene mucho de prueba y error. 

A estas alturas confío en que ya a nadie le queden ganas de seguir esperando sentado la llegada del líder transformador, si queremos cambiar el mundo tenemos que empezar por cambiarnos a nosotros mismos. Además, lo bueno que tiene el cambio es que es adictivo, cuando te envalentonas y lo pruebas, te das cuenta de sus bondades y entonces ya no puedes parar.

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